Hora tras hora, la noche envolvió a los comensales que uno a uno se fueron retirando hasta que María se encontró sola. De un momento a otro, sentada frente a los testigos bañados en luz tenue que representaban las botellas y los platos sucios. Balanceaba su cabeza a modo de descorchar de sus oídos ese murmullo incesante, esa risa que de golpe se cortaba. Sola. De a momentos movía un dedo sobre una servilleta de papel, provocando un terrible estruendo, un amorfo absurdo en medio de la paz. Decidió acostarse sin lavar un solo plato y ni una sola cuchara.
Desde su habitación entraba el claro de la luna, y recordó que cada vez que miraba al cielo buscaba la estrella de cada espíritu que ya había partido a lo eterno. Quizás, por la manera de pensarlo, le dio un escalofrío que le recorrió la cien, haciendo darle un golpeteo contra el pie de su amplia cama. Le vinieron a la memoria susurros de su infancia, esos momentos que la llevaban a expresar un sinfín de emociones apiladas una sobre la otra. Recuerdos del viejo placard, ese majestuoso roble que cobraba vida para hacerle no sabía bien que cosa, porque ahora con sus años le venía esa pregunta que arrojaba al pobre placard viviente al sin sentido de seguir siendo un simple placard. Su tía Ema, con figuras de cristos y santos, qué quién sabe la infinidad de nombres que podía uno encontrar detrás de los calendarios. Sus costumbres, tabúes familiares que azotaban los malos modales. Simplemente debía sentirse aliviada de ser de la nueva generación. “No, ni se te ocurra”, eran palabras que de niña le llegaban a sus oídos al querer pasar por debajo de una escalera, o pasar el salero de mano en mano, dejar los platos sucios o bien, entrar con el paraguas extendido a la casa. “¿Qué mente podría pensar en un espíritu sentado a la mesa, sirviéndose pastas?” sonrió con la mirada pensante y perdida en la perfecta simetría de la luna.
Mañana sería un arduo día para María, el trabajo, la reunión y un par de cosas más. Pero cabe nombrar a José, ese compañero al cual le gustaba intercambiar miradas “amistosas”, como ella le llamaba al coqueteo.
Pensando en esto último, María sentía la pesadez de sus párpados, la desconexión de sus nervios de las extremidades, la fundición de su cuerpo entero con las sábanas cuando de repente oyó el tintinear de una cuchara en el comedor...
Año 2001
martes 6 de enero de 2009
Tabú
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